martes, 14 de julio de 2015

Columna: Niños en la cancha

Cuando las burbujas de la celebración por el campeonato se han ya desvanecido puede ser un buen momento para volver sobre una de esas imágenes de terrible belleza que nos dejó ese pequeño interregno de los sueños entre el momento en que Sánchez lanzó su insólito penal hasta que Bravo levantó la copa.
La estampa habitual de la celebración está poblada por jugadores sin camiseta, ojos llorosos, abrazos eternos, chilenismos a toda pantalla, etc. Pero de repente, camarógrafos más habilosos que sus directores, empezaron a  mostrar que en uno de los arcos del Estadio Nacional un grupo de niños jugaba una republicana pichanga.
A partir de esa imagen me parece interesante realizar cuatro comentarios.

1. Nada más republicano que una pichanga con desconocidos. Desde muy temprana edad aprendí en la plaza del roto chileno que había reglas que se respetaban sin necesidad de un adulto cerca, eran reglas orales, eran reglas obedecidas por amigos, por desconocidos y por no tan amigos. Jugar con desconocidos a la pelota es entregarnos a un placer intenso sobre la seguridad de un suelo común de creencias compartidas. Y, como no podía ser de otro modo, en esa pichanga en un lugar emblemático corrían niños y niñas, reconociendo así ese ingreso del 50% del país a las canchas. Nada raro en eso. Y eso es raro en un país donde aún es raro que el 50% del país esté ausente de paneles de discusión, o subrepresentado en el gabinete conformado por una presidenta mujer, o desigualmente representado entre los líderes de todo el estado y la sociedad civil. Esa naturalidad de jugar a la pelota niños  niñas es un rasgo que atraviesa hoy las canchas del país. En el equipo de mi hijo pequeño la arquera, la gran arquera, es mujer. Él va a crecer sin que sea un tema para él la presencia de mujeres porque desde sus primeros partidos han estado ahí, en la cancha, como en esa pichanga en el nacional.

2. Pero también la presencia de esos niños nos hablaba de sus padres. De esos nuevos campeones, que en su momento de triunfo los buscan afanosamente para que los acompañen en fotos, en levantar trofeos, en recibir medallas. En nuestra patria de huachos no es poco. Son padres reclamando que antes de futbolistas y campeones son padres. Son padres asumiendo que gestos que la construcción social asignó históricamente a las madres (llorar, abrazar, consolar) son también gestos de padres. Son padres presentes en las vidas de sus hijos que reclaman su lugar en la foto. Esta celebración nos ha regalado nuevas imágenes de hombría y triunfo. No son ya voluptuosas modelos las que acompañan a los que posan en el podio. Son niños, son hijos.

3. Entre los abrazos, la pichanga, las lágrimas, la vuelta olímpica, hubo una imagen que sólo días después se logró terminar de desentrañar. Unos niños en la cancha consolando al abatido Messi. Dicen que le dijeron que seguía siendo el más grande. Dicen que le pidieron una foto.  Todos vimos que lo consolaban con cariño con una mano. Un niño que consuela y acaricia nos dice mucho de sus padres y entorno. Nos cuenta que ha sido cuidado, acariciado, consolado, que ha aprendido de esas manos que sus pequeñas manos poseen poderes especiales. Niños en la cancha y consolando.


4. Un comentario final tiene que ver con el espacio adulto y el espacio infantil.  Con repensar los momentos desde ópticas infantiles. Lo infantil es aún sinónimo peyorativo de básico, de mínimo, de irracional. “Tu argumento es infantil” no quiere decir otra cosa que no existe como argumento racional. Una celebración deportiva, la más grande de nuestra historia, no se vio empañada sino engrandecida por la presencia de niños en un acto en que no habían sido pensados. Ésa es la regla no escrita de nuestras ciudades y calles, de nuestros edificios e instituciones.  Y, por cierto, pensar en los niños no es hacer morisquetas ni hablar como tía de parvulario,  como ya “31 minutos” enseñó hace más de una decena de años. Pensar las celebraciones, los espacios desde los niños es abrir espacio a que sus mundos se entrelacen con los nuestros. Unos niños en la cancha metieron ese gol.