jueves, 17 de julio de 2014

Busco a mi madre, busco a mi hija. Reportaje de Revista Paula

"Un trajecito de lana blanco talla 0, abotonado al medio y con pequeños bordados azules es la principal pista que tiene Ester Herrera (periodista, 32 años) para dar con su progenitora, a quien hoy busca intensamente. Es la ropa que usó en sus primeras horas de vida y que llevaba puesta el 17 de julio de 1981 cuando fue entregada por una asistente social a su madre adoptiva, Alicia, quien entonces tenía 51 años y un negocio de dulces en El Arrayán. Alicia falleció en 2006 y Ester ya no puede exprimir sus recuerdos para saber más.
“Supe del trajecito de lana cuando tenía 15 años y mi madre me contó la verdad. Yo lo intuía porque, a diferencia de ella, tengo ojos claros y piel blanca. Ese día la escuché hablar con una tía sobre mi origen. Y entonces la encaré y me contó, con mucho dolor, lo que había ocultado por años. Me dijo que la mujer que me entregó a ella era una asistente social o una matrona –no se acordaba bien– a la que había conocido antes y a quien le había hablado de su sueño de ser mamá, lo que a esas alturas era difícil porque estaba en los cincuenta años y era soltera. Esa mujer se comprometió a ayudarla y un día llegó contándole que tenía una guagüita y que, para entregársela, necesitaba su carnet”.
Según le relató, al día siguiente, esa mujer llegó a la casa con la guagua, vestida con el trajecito de lana y un certificado de parto que indicaba a Alicia como la madre biológica. Según el documento con el que la inscribieron en el Registro Civil, Alicia la había tenido a las 40 semanas de gestación en una dirección que corresponde a la Clínica Lira a las 19:50 horas. Pero Alicia jamás la parió.
Tras esa confesión, Ester le hizo más y más preguntas a su madre adoptiva. “Quería ayudarme, pero no tenía mucha más información y no se acordaba del nombre de la mujer que me entregó”. Ester hizo una búsqueda preliminar en 2008, y supo que la Clínica Lira (entonces ubicada en Santiago Centro) había sido clausurada por abortiva. No consiguió saber mucho más. Siguió con su vida –se emparejó y tuvo una hija– y el tema quedó en stand by.
Pero hace tres meses, cuando estalló el caso Joannon y se enteró de que en los años 70 y 80 hubo madres adolescentes a las que engañaron, diciéndoles que sus hijos habían muerto para darlos en adopción ilegalmente, se le apretó el corazón. “Una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo. Volví a sentir la urgencia de saber y constatar que no era la única que necesitaba respuestas, me empoderó”, dice."
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